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lunes, 15 de julio de 2019

¿El votante de políticos corruptos es cómplice moral de esa corrupción?

¿El votante de un político corrupto es cómplice porque con su voto apoya esa corrupción? ¿O su responsabilidad se termina en el momento que deposita su voto en la urna, no llega a lo que luego el político haga en el ejercicio de su cargo?

Corrupción. Corrupción y más corrupción. Parece que nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya ni nos sobresalta. El corrupto es el responsable legal, pero ¿y los votantes de políticos con sospecha evidente de corrupción? ¿Son cómplices morales de sus actos? ¿Y si esa corrupción ya está demostrada? ¿Castigamos con nuestros votos a los corruptos? Tenemos muchas preguntas que hacernos en voz alta.

¿Sí? ¿No? ¿Sí, son cómplices morales, aunque el voto sea secreto, porque la corrupción ha de ser intolerable en democracia y los votantes de estos partidos demuestran no sólo que como ciudadanos miran para otro lado, sino que con su voto apoyan y legitiman los actos de políticos corruptos, a sabiendas de que lo son? ¿No, no lo son, porque para juzgar y castigar está el poder judicial y, en cualquier caso, la intención del votante en las urnas siempre es la de conseguir un buen gobierno, el mejor posible, independientemente de que los políticos después actúen de manera inapropiada?

“La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos”. Muy rotundo el filósofo, físico y matemático francés del siglo XVIII Jean Le Rond D’Alembert en su sentencia. ¿Pero acertado? En la definición de guerra, arte o no arte, seguro que estaremos más de acuerdo, pero ¿en la de política? ¿Lo es? ¿Y los ciudadanos nos dejamos engañar tranquilamente?

Se lo piden por la calle o se lo permiten a través de las urnas. La perpetuación de la corrupción. O, al menos, el perdón popular en la práctica. ¿Quién tiene la garantía de que un político que ha sido corrupto una, dos, tres… veces no vaya a volver a serlo? La corrupción no es, ni mucho menos, un invento de este siglo. Ni del XX. Ni del XIX… Seguramente existe desde que el hombre es hombre. El pensador humanista Tomás Moro estableció cómo debe ser en su opinión un buen gobierno, ese buen gobierno que, si lo extrapolamos a cinco siglos después, sería equiparable en intención al que supuestamente aspiramos los ciudadanos con nuestros votos. Para Moro, gobernante y gobernados son un cuerpo unido y el primero debe comportarse con el conjunto de los ciudadanos a los que gobierna como un padre se comporta con sus hijos. Nosotros hoy nos preguntamos: ¿Robaría un padre a sus hijos? ¿Malgastaría el dinero de estos y lo utilizaría para enriquecerse sólo él personalmente restándoselo a los bienes básicos de sus hijos (comida, medicinas, educación, cultura, vivienda…)? No si es un buen padre. Y si los hijos descubren que les engaña, ¿seguirían confiando en él?

El papa Juan Pablo II proclamó a Santo Tomás Moro patrón de los políticos y los gobernantes. “Fue en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moró brilló con luz intensa”, señaló el papa. Para Moro, el buen gobernante no era aquel que pretendía servirse de la política, sino el que servía a la política. Sólo cambia una preposición y cambia tanto… Era el final del siglo XV y el principio del XVI y parece que algunos ­­–no todos, por supuesto, seguramente ni siquiera la mayoría, como a veces sentimos– están tardando cientos de años en entender la diferencia. La política como herramienta para reformar la sociedad. La buena política como ejemplo para crear una buena sociedad.

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